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Relatos sin adulterar - LA LEYENDA DE ROSELINDE

LA LEYENDA DE ROSELINDE (Décima parte)

5 de Noviembre, 2008, 17:35

Por @ 5 de Noviembre, 2008, 17:35 en Relatos sin adulterar - LA LEYENDA DE ROSELINDE

El joven príncipe llevaba mucho tiempo apesadumbrado. Su padre no comprendía qué le ocurría. Cuando intentaba sonsacarle, Damián respondía furioso y se marchaba de su presencia.

El rey todavía sentía en su corazón la terrible pérdida de Laslo, su amigo de toda la vida. Habían vivido mucho juntos, incluso le debía la vida a Laslo. Todavía no conseguía entender qué le empujó a traicionarle. Durante días estuvo rondándole en la cabeza la idea de que tal vez Laslo fuera inocente, pero las pruebas eran irrefutables.

Cuando Reimunde se ofreció a desposarse con la hija de su amigo le faltó tiempo para aprobarlo. No podía soportar la idea de que los hijos de Laslo fueran relegados al ostracismo.

El marqués había solicitado venir a la corte una vez su esposa hubiera dado a luz. Las tierras de Roselinde estaban bien administradas por los criados de Laslo. El rey sabía perfectamente que Reimunde no sería un buen administrador, por lo que le puso como única condición que permitiera la administración a los que hasta ese momento se encargaban de ello.

De hecho, la presencia de los marqueses en Roselinde era innecesaria. Así que el rey aceptó.

Aquella noticia había caído como un jarro de agua fría sobre Damián. Hasta entonces había conseguido eludir a Ana Maríe. Se sentía muy dolido porque el padre de la mujer que tanto amaba hubiera traicionado a su padre. Nunca le había confesado a la joven quién era él realmente. Y si Ana Maríe venía a la Corte no tendría más remedio que afrontar sus sentimientos.

No podía dejar de pensar en su largo cabello rojo como el fuego, su piel, sus labios... Pero ella tenía la sangre de Laslo.

Pensó en abandonar la Corte, pero eso sólo podría ser temporal. Debía enfrentarse a ella. Debía hacerlo. Pero no quería. No quería mirarla a los ojos. No quería verla, pero...

Tomó la determinación de verla. La vería a solas. Llamó a su criado y le envió con un recado a Roselinde. Sabía que Reimunde estaba en el norte cazando. Ana Maríe estaría sola durante unos días. Era ahora o nunca.

Durante aquella noche y durante todo el trayecto hasta Roselinde intentó ordenar sus sentimientos, intentó buscar las palabras... Pero todo le parecía confuso e infantil. ¿Qué podría decirle? ¿Qué le diría ella cuando descubriera quién era realmente?. El temor se apoderó de él cuando vio erguirse la torre del castillo de Roselinde. Tuvo la abrumadora tentación de dar la vuelta a su caballo y salir galopando en dirección contraria. Sujetó fuertemente las riendas de su corcel y no se permitió dejarse llevar por sus impulsos.

Una recepción de criados esperaba a la entrada del castillo. Bajó de su caballo y cedió las riendas a un muchacho larguirucho que masculló algún tipo de bienvenida. No veía a la mujer. Miró hacia arriba y vio a la joven asomada desde la ventana de su alcoba. Sus ojos se encontraron. El corazón del joven príncipe dio un vuelco. Estaba hermosísima. Más de lo que recordaba. Olvidó todo lo que pensó decir y toda la confusión que había sentido se desvaneció.

Ojalá hubiera podido terminar casándose con ella. No encontrará jamás a ninguna otra mujer...

LA LEYENDA DE ROSELINDE (Novena parte)

17 de Septiembre, 2008, 17:30

Por @ 17 de Septiembre, 2008, 17:30 en Relatos sin adulterar - LA LEYENDA DE ROSELINDE

Estuvo meditando durante semanas. Las últimas palabras de su padre pesaban sobre su alma más de lo que ella hubiera supuesto. Tras deliverar detenidamente y haber evaluado la situación, decidió aceptar la mano del marqués.

Reimunde había conseguido derechos de usufructo sobre Roselinde, al menos hasta que el rey decidiera qué hacer. Ana Maríe supuso que su solicitud de matrimonio estaba más encaminada a conseguir para sí las tierras y las riquezas de Roselinde que por amor o compasión hacia ella. Pero al menos, estaría en su casa y podría intentar conseguir vengarse de su padre y tal vez incluso recuperarla.

Tras la boda, Reimunde mandó a su cuñado con un amigo suyo que continuaría su instrucción como caballero. Ana Marí se lo agradeció en demasía. Unas semanas después del enlace la joven muchacha le anunció a su esposo que iba a ser padre.

El marqués se sintió muy satisfecho. No se lo diría nunca a su joven esposa, pero tener un hijo del linaje de Laslo le daba todavía más posibilidades de quedarse con Roselinde. Y es que todo estaba saliendo a pedir de boca. Laslo muerto, las tierras mas o menos en su posesión, una joven y hermosa esposa que además le daba la excusa perfecta para reveindicar para sí la propiedad de Roselinde... Todo iba perfecto.

Lo que no sabía el joven marqués es que Ana Maríe tampoco le confesaría nunca que ese hijo no era suyo. Había pasado más de un mes desde la última vez que vio al caballero errante. Ella sabía que la criatura que esperaba era de él y no de su marido. El embarazo fue otro motivo de peso para aceptar el desposorio con aquel estúpido y arrogante joven que sólo pensaba en la caza y en las mujeres. Que su propia esposa fuera a tener un hijo no de su sangre era bastante irónico, teniendo en cuenta que se rumoreaba que existinan hasta 3 hijos bastardos del marqués pululando por el mundo.

El día de la boda tuvieron como invitadas a todas las familias nobles del país, incluida la familia real, pero el principe heredero no apareció. Al rey se le veía furioso. Eso complació al marqués. Ana Maríe no entendía muy bien por qué. Supuso que su recién estrenado esposo sabría que sus padres pretendieron unirlos en matrimonio hacía menos de un año.

La niña seguía soñando con volver a ver a Román algún día. Todavía seguía anhelando sus besos y sus caricias. Su rubio y despótico esposo no se preocupaba de su bienestar. Parecía sólo interesado en aportar su semilla y no en ser una verdadera pareja en el tálamo. De hecho, tras hacerlo, Reimunde se marchaba de la alcoba de su esposa si casi darle las buenas noches. Eso apenaba a la pobre niña que no conseguía quitarse de la cabeza a su amante ni a su padre clamando por venganza.

Estuvo meses llorando sin cesar...hasta que un día notó una patada en el estómago.

La leyenda de Roselinde (Octava parte)

30 de Julio, 2008, 10:59

Triste y vacía miraba al infinito mientras esperaba sentada. Su hermano menor iba y venía murmurando que todo aquello era injusto y que alguien iba a pagar por ello. Ella, sin embargo, ya había aceptado que su destino iba a cambiar por completo a partir de aquel día.

Entraron dos soldados con su padre maniatado. Había solicitado entre sollozos al propio rey que le permitiera a ella y a su hermano despedirse de su padre. El rey aceptó. Miró a aquel hombre que había envejecido veinte años de golpe. Ana Marie sintió una angustia en su corazón. Su padre los abrazó uno a uno y se desplomó sobre el asiento. Tenía el cuerpo magullado y había recibido algunos cortes por todo el cuerpo. Estaba claro que le habían torturado para que confesara.

Después de que su padre consiguera calmar a su hermano, el anciano habló pausadamente mirandoles con un rostro muy tranquilo.

- Hijos míos. Hay muchas pruebas y testigos que me culpan de traición. Nada se puede hacer. He gritado a los cuatro vientos que soy inocente, pero es imposible que me crean. Así que, hijos míos, he confesado mi culpabilidad a cambio de que a vosotros se os permita mantener vuestro rango, aunque no tendreis ya derechos sobre Roselinde.

Su hermano volvió a vociverar y la niña miró a su padre con una leve sonrisa en la cara.

- Padre. Sé que lo has hecho por nosotros, pero tu nombre quedará manchado para siempre.

- Eso no me importa. Siempre y cuando vosotros esteis a salvo.- Cogió la mano de su hija y guardó silencio un momento. Su hijo menor se arrodilló junto a su padre. - Hijos míos. Vosotros podeis vengarme. El rey me ha echado a los lobos. Le dí mi vida y mi espada. Le serví fielmente y él me ha pagado con la horca. Exijo venganza. Sé que vosotros no me fallareis.

La leyenda de Roselinde (Séptima parte)

24 de Julio, 2008, 17:28

Ana Marie, tendida en su conformable y mullida cama miraba absorta el techo decorado con dibujos geométricos de colores vivos. Su mente estaba muy lejos de allí. Estaba con él. No podía dejar de pensar en él, de olerle, de saborearle, de oirle, de mirarle...

Todos sus sentidos se habían empapado de él. Nada en el mundo existía aparte de él. Anoche, tras haberse visto a escondidas unas pocas veces, Ana Maríe no pudo resistirse a su suave voz, a su mano firme acariciándole el pecho mientras le susurraba que la adoraba, que moría por ella, que la vida era un castigo terrible cuando estaba lejos de ella. ¿Cómo resistirse ante tales beleidades?. ¿Cómo hubiera ella podido resistirse a su propia necesidad de sentir su calor sobre su cuerpo, de experimentar la unión entre dos seres hechos para amarse el uno al otro?.

Al contrario de sentirse impura o asustada por haber cometido semejante acto fuera del matrimonio, la joven sólo podía recrearse una y otra vez en aquellas sensaciones, deseando que llegara de nuevo la noche para correr hasta él, para volver a entregarse en cuerpo y alma al caballero errante que la había seducido.

Oyó voces y caballos fuera. Decidió levantarse y mirar por la ventana. Vio el estandarte del rey y varios caballeros bien pertrechados. Su padre había salido a recibirles. Tras intercambiar algunas palabras, dos de aquellos hombres bajaron de sus caballos y sujetaron a su padre violentamente. Ella gritó y en respuesta, algunos de los guardas de Roselinde acudieron al rescate de su señor. Sin embargo, para sorpresa de la niña, el hombre mejor vestido y sin casi armadura mostró un pergamino y los guardas asintieron y se retiraron.

La niña vociferó y clamó porque ayudaran a su viejo padre, pero le ataron y lo montaron en uno de los caballos. Todos partieron menos el hombre bien vestido que bajó de su caballo, miró hacia arriba, la saludó y entró en el castillo.

LA LEYENDA DE ROSELINDE (Sexta parte)

9 de Julio, 2008, 12:30

Era increíble lo fácil que le resultaba vagar por el reino sin ser reconocido. Los aldeanos, los granjeros y los comerciantes no sospechaban ni lo más mínimo que era el príncipe heredero quien les hablaba y aquello le embargó de una sensación de libertad que deseó poder sentir por siempre.

Con los nobles ya era otra cosa. Tenía que ir con ojo, por si eran nobles que hubieran visitado la corte recientemente. Solía observar sus rostros para ver si podía reconocerlos antes de entablar conversación con ellos. Si creía que alguien podía reconocerle, símplemente evitaba ser visto, al menos de muy de cerca. Llevaba casi una semana en esa traza y de momento había tenido mucha suerte. Nadie en absoluto mencionó siquiera que se parecía al príncipe.

Además, la vestimenta que llevaba no era propia de un príncipe. El primer día de aventura coincidió en un cruce de caminos con un caballero de buen porte, pero pobres vestiduras, ya entrado en canas y le intercambió las ropas y la montura, excepto el caballo al que tenía en estima y la espada, puesto que era una reliquia de la familia. Por el servicio prestado, le ofreció también la bolsa de monedas que siempre portaba para limosnas.

Sin embargo, el caballero, que volvía de tierras impías y que pasaba por el reino camino de su casa, no quiso aceptarlo alegando que ya había ganado mucho en el trueque. Se enzarzaron en una discusión propia de los libros de caballerías acerca del honor y bla, bla, bla y al final, los dos aceptaron quedarse cada uno con la mitad del contenido de la bolsa. La siguiente discusión iba a ser quién se quedaba con la bolsa, pero antes de que el pobre caballero iniciara la discusión, el príncipe le pidió que le intercambiara también la bolsa, por lo que todo terminó con una galante despedida, cada uno por su lado.

El cuarto día de sus andanzas, llegó por fín a Roselinde. Allí conoció por pura casualidad a la hija del Conde. Quedó prendado de ella. Si ella era la escogida para ser su esposa, no le parecía tan mal eso de las nupcias. Desde entonces se quedó cerca del castillo, por las aldeas de alrededor y con un ojo puesto siempre en la figura de su amada. Deseó aprender todo sobre ella. Sus costumbres, sus gustos, sus manías...

Por entonces, ya había averiguado que a la muchacha le encantaba escaparse del castillo, nunca a la misma hora. Imaginó que cuando conseguía zafarse de la vigilancia aprovechaba para escapar. También le gustaba visitar a una familia de la aldea de Bries, donde solía quedarse a comer y jugar con los niños de la casa. Su comida favorita eran berros con una salsa que no había podido conseguir averiguar de qué estaba hecha.

Cada día, estaba más enamorado de ella y deseó poder tomar contacto de nuevo con ella.

"Tal vez hoy..."- pensó.

LA LEYENDA DE ROSELINDE (Quinta parte)

2 de Julio, 2008, 18:18

Laslo debía traicionar a su rey, es decir, debía parecer que Laslo iba a traicionar al rey y debía ser lo suficientemente creíble como para que las pruebas fueran tan irrefutables que pudieran minar toda la confianza que el rey tenía puesta en Laslo desde hacía tantos años.

Esta era una misión muy difícil, pero no imposible. Llevaba años planificando y consiguiendo acumular aliados y pruebas falsas de su terrible traición. Para ese momento, había conseguido crear la ficción entre algunas personas, de que Laslo les estaba pagando, de que Laslo era afín a sus intereses, tanto a este lado como en el otro lado de la frontera del reino.

Tenía incluso documentación y cartas con el sello real del rey Alínamab III, que incriminaban claramente al Conde Laslo de Roselinde en una traición a su propio rey a cambio de las tierras de Rosebounde.

Los dos reinos llevaban generaciones rivalizando por las tierras de Rosehounde. Al final de las cruzadas se firmó un tratado entre ambos reinos repartiéndose amistosamente las tierras de Rosehounde. Roselinde quedó al cuidado de Laslo y Rosebounde entró a formar parte de la corona de Alinamab III.

Rosehounde era una tierra muy ansiada por ambos reinos. La tierra más fértil y rica en agua y minerales. Poseer las tierras de Rosehounde convertía a su propietario en alguien más poderoso que ambos reyes. Sin embargo, era una pérdida que el rey Alinamab III podría permitirse siempre y cuando su reino se quedara con todo lo demás.

Todo bastante creíble, sí. Reimunde sonrió encantado de ver cómo su maquiavélico plan comenzaba a nacer para madurar y hacer suyas las tierras de Roselinde. A largo plazo, Reimunde intentaría quedarse también con Rosebounde y convertirse así en el nuevo Duque de Rosehounde. Pero todo a su tiempo...

LA LEYENDA DE ROSELINDE (Cuarta parte)

1 de Julio, 2008, 12:23

Reimunde acertó a la primera. El ciervo de enormes astas cayó fulminado en el suelo con la flecha de Reimunde clavada en el costado. Los vítores de sus amigos y criados ahogaron los últimos lamentos del pobre animal.

La caza era su vida. El joven marqués no tenía otra habilidad que no fuera la caza, salvo otra que tarde o temprano conseguiría sacarle partido en la corte; la ambición. Reimunde no tenía mas que unas miserables tierras heredadas de su tío abuelo al este del reino, que no poseían gran riqueza. Su nombre era prácticamente todo lo que había heredado de su padre, el cual había malgastado los bienes de la familia en mujeres y en el juego. Pero tarde o temprano conseguiría lo que tanto codiciaba.

Las mejores tierras del reino estaban en el condado de Roselinde, tierras que el rey había cedido a su muy allegado amigo Laslo, que le había acompañado en las Cruzadas y había demostrado su valía en el combate y su fidelidad a su rey y amigo. Aquellas tierra tenían que ser para él. Llevaba mucho tiempo tramando un modo de conseguir quedarse con las tierras, aunque no iba a ser fácil. 

Tenía intención de iniciar sus planes dentro de un año, pero los rumores de que el rey pretendía casar al príncipe Damián con la hija del conde le obligó a acelerar sus planes. No podía permitir que se produjera esa unión, puesto que las tierras de Roselinde serían mucho más difíciles de conseguir.

El conde de Roselinde tenía, además, dos hijos. La mayor, Ana Maríe y el menos Cédric, que sería el heredero del condado de Roselinde. Su plan debía terminar con los tres, y el modo más sencillo de quitarle las tierras a su dueño y de evitar que sus hijos la heredasen era la traición.

LA LEYENDA DE ROSELINDE (Tercera parte)

30 de Junio, 2008, 16:40

Damián dio un portazo al salir de los aposentos del rey. De nuevo la misma discusión. El joven se sentía atado y agobiado por las obligaciones de ser príncipe. De nuevo su padre le insistía en que debía buscar esposa, ya que una de las obligaciones del rey era proporcionar un heredero que continuara con la dinastía.

Damián se sentía demasiado joven para ataduras. Disfrutaba de la vida palaciega con todas aquellas bellas damas que le satisfacían en todos sus caprichos. El ultimatum de su padre no le gustó en absoluto. El rey había concertado una visita al castillo del Conde de Roselinde, uno de los súbditos más leales y amigo personal de su padre, para conocer a la hija de éste.

El joven príncipe no quiso ni oir hablar del tema. Cogió algunas pertenencias montó en su caballo y comenzó a cabalgar sin rumbo. Había oído hablar de las mujeres de Roselinde. La esposa del Conde, decían que era de una belleza tal que embrujaba a los hombres con su mirada. Y también corrían rumores de que tenía conocimientos de artes prohibidas de hechizos y brujería.

También había oído que la hija era exactamente igual que la madre, por belleza y por conocedora de las paganas hechicerías. Tiró de la rienda de la derecha y cambió el rumbo de su caballo hacia el norte, donde se encontraban las tierras de Roselinde. Echaría un vistazo. Nunca se sabe...

LA LEYENDA DE ROSELINDE (Segunda parte)

27 de Junio, 2008, 12:40

La niña apreció que le acompañara aquel apuesto caballero que había salido de la nada. Había mucho hombres nobles que se comportaban bien con una mujer, pero seguía siendo muy peligroso para una mujer aventurarse sola por aquellos parajes. Por eso llevaba la ballesta.

El caballero le contó su triste historia, la de un hijo de noble que no pudo heredar el nombre de su padre por no ser el primogénito y que no quiso tomar los votos, por lo que decidió vagabundear por el reino en busca de aventurar que le forjaran una fama y el honor de ganarse una tierra propia. La niña le escuchaba absorta mientras caminaban plácidamente por el camino que llevaba al castillo.

Consiguió arrancarle su nombre de pila; Román. El se despidió cuando se divisó gente que venía del castillo en busca de la hija del Conde. Ella no quería que se fuera, pero nada podía atar al caballero.

- ¿Y si necesito de vuestra ayuda, don Román?.- Preguntó ella con los ojos tiernos.

- Acudiré en vuestra ayuda, bella Ana.

- ¿Cómo vais a saber cuándo os necesito?.

- Me quedaré cerca de vos y os vigilaré día y noche.- El joven moreno besó la suave mano de aquella gentil dama y montó su negro corcel.

La niña corrió hacia el castillo. Su ama y dos criados habían salido en su busca. Ana pensó que el príncipe ya habría llegado, pero su ama le comunicó que sólo había llegado un emisario del rey, pidiendo disculpas y postponiendo la visita a la semana siguiente.

Ana respiró aliviada. Tendría una semana más de paz. Poca gracia le hacía comprometerse con un desconocido, por muy príncipe heredero que fuera éste. Además, aquel joven caballero era tan apuesto y educado...

La niña se dio la vuelta por si pudiera ver la silueta del joven, pero no vio nada. ¿Sería verdad lo que dijo? ¿Estaría vigilándola sin que ella lo supiera?. Un cosquilleo le recorrió todo el cuerpo y empezó a sentir algo que hasta entonces no había sentido. Pronto descubriría que aquello que sentía era pasión.

LA LEYENDA DE ROSELINDE (Primera parte)

25 de Junio, 2008, 18:08

Ana Maríe observó su imagen en el riachuelo. Su larga melena negra y rizada caía sobre sus hombre y tocaba el agua con las puntas. Los pececillos escaparon al notar las vibraciones de los cabellos sobre el agua. Tendría que ir a casa para mesarse los cabellos, tal vez recogérselos y ponerse otro vestido, mas apropiado para una recepción, pero no le apetecía marcharse de allí. La mañana era plácida y brillante. No hacía mucho frío y la vida parecía sonreir.

Su padre se enfadaría con ella por no estar lista para recibir al príncipe. A su padre parecía que le importaba mucho que se conocieran. Tal vez crea que el príncipe quiera escogerla como esposa, pero Ana Marie lo dudaba. No era una muchachita refinada que se quedaba todo el día en el castillo haciendo bordados. A ella le gustaba cabalgar y disfrutar del campo. Su ama le decía constantemente que era una rebelde y que si no se enderezaba jamás conseguiría marido. Pero eso a la niña mujer de catorce años recién cumplidos, no le interesaba lo más mínimo.

Escuchó el crujir de unas ramas a sus espaldas. Agilmente, se levantó y giró en redondo apuntando con su ballesta.

El caballero errante se quedó perplejó al ver tal hermosidad frente a ella. Había descendido de su corcel negro al oir una melodía exquisita cantada por una voz que no podía ser más de que un ángel. Caminó al interior de la arboleda y observó aquella silueta sentada junto al riachuelo.

- ¿Sois una ninfa de los bosques?.- Dijo por fín el desconocido. Ana Maríe se quedó un tanto perpleja. Delante de ella tenía un caballero con pobres pero delicados y bien cuidados ropajes que la miraba con la boca abierta. Observó que no empuñaba arma alguna y rió.

- No. No soy ninguna ninfa, caballero.- Y bajó la ballesta.

- Pues sois un ángel entonces, un ser celestial.- Dijo mientra hincaba una rodilla al suelo. La joven se ruborizó.- ¿Podría saber vuestro dulce nombre?.

- Ana Maríe de Roselinde.- Dijo en voz baja.- ¿Y el vuestro, caballero?.

- No he logrado honor suficiente en mis andanzas como para forjarme un nombre, mi dama.- Dijo mientras se incorporaba.

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