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Relatos sin adulterar - EL FIN DE LA GUERRA

El fin de la guerra (Tercera parte)

25 de Julio, 2008, 10:13

Por @ 25 de Julio, 2008, 10:13 en Relatos sin adulterar - EL FIN DE LA GUERRA

Alan Wilson se dirigió hacia el muro con la cabeza bien alta. Sus manos estaban maniatadas, pero su corazón era ya libre. La noche anterior se había dado cuenta de que había sido un esclavo, un esclavo de seguir órdenes, un esclavo de una guerra que nadie recordaba ya cómo había empezado, esclavo de un odio aprendido hacia unas personas que desconocía por completo y que a su vez le odiaban sin motivo aparente. Ahora se sentía libre, en paz. Por primera vez en su vida.

Llegaron frente al paredón acompañado de dos soldados. Se dio la vuelta y miró a aquello muchachos y muchachas con sus fusiles. Alguien le preguntó si quería que le vendaran los ojos. El negó con la cabeza. Los soldados revisaron sus armas para prepararse para la ejecución. Otro soldado le preguntó si deseaba algún tipo de sacerdote, a lo que Alan comentó que ya no creía en ningún dios.

A lo lejos pudo ver las rejas desde donde se agolpaban algunos de sus soldados que trataban de asomarse para poder despedirse. La mujer que la noche anterior estuvo custodiando la celda le preguntó si tenía algún último deseo. Alan le sonrió.

- Me gustaría hablaros un momento.

- ¡Claro!.- Dijo ella. Y se apartó un poco para que todos pudieran verle.

- Deseo que no os sintais culpables por mi muerte. Esta guerra nos ha convertido a todos en bestias salvajes que únicamente saben matarse mutuamente. Nada tuve en contra de todos aquellos que maté de los vuestros y no creo que nada tuvierais en contra de mí o de mis compañeros caídos en combate. Aun así, seguimos matando y muriendo por simple rutina. Creo que es hora de que todo esto cambie, de que haya por fín paz entre todos nosotros. De que escuchemos y comprendamos nuestro pasado. De que nos ayudemos los unos a los otros en lugar de intentar exterminarnos.

Calló un segundo mientras miraba al cielo. Era azul y brillante. Era precioso. - Deseo que mi sangre sea la última derramada en esta guerra. Deseo que la guerra termine.

Uno a uno, los soldados fueron dejando caer su escopeta. Algo en su interior había despertado. Al mismo tiempo que su vida expiraba, su último deseo comenzó a cobrar vida.

FIN. 

EL FIN DE LA GUERRA (Segunda parte)

24 de Junio, 2008, 18:10

Por @ 24 de Junio, 2008, 18:10 en Relatos sin adulterar - EL FIN DE LA GUERRA

- ¿Por qué luchamos?.- Dijo en voz alta hacia la oscuridad del calabozo. Las toses y los sollozos se detuvieron y un montón de ojos le miraron interrogantes. - ¿Por qué nos han preparado desde pequeños para odiar y matar a esos que están ahí fuera?.- Dos carceleros se habían asomado por el ventanuco de la puerta al oir hablar a Alan.

- Porque estamos en guerra. - Contestó Johnson. Alan le miró. Era su sargento desde hacía dos años. El sargento que más ha durado a su lado. Al comandante Willson siempre le encomendaban las misiones más peligrosas, como aquélla que no pudo llevar a cabo, porque era endemoniadamente bueno. Los reemplazos eran constantes. En su batallón causaban bajas, muchas bajas, en todas las incursiones. Sin embargo, Johnson había conseguido aguantar dos años, al igual que unos cinco o seis soldados que seguía con él desde el principio.

- ¿Por qué estamos en guerra?.- Hubo un silencio que planeó por la sala durante unos cuantos segundos. Algunos carraspeos interrumpieron el silencio, pero todavía nadie se pronunció.- ¿Por qué estamos en guerra?.- Dijo esta vez gritando.

- Porque ellos quisieron quitarnos nuestra agua y nuestra comida.- Dijo una niña morena. Alan se levantó y se dirigió hacia la puerta.

- ¿Por qué empezó la guerra?.- Les preguntó a los carceleros.- ¿Cuál es vuestra versión?. ¿Por qué luchamos los unos contra los otros?.- El hombre y la mujer que le miraban desde la puerta lo miraron sorprendidos. ¿Qué clase de pregunta es esa?.

- ¡Y qué importa!. ¡Lo que importa es que tenemos que ganar!.- Le grító el hombre.

- El norte estuvo durante mucho tiempo expoliando los recursos del sur.- Comenzó a hablar la muchacha.- El norte vivía bien acosta del sufrimiento del sur. Además, las plagas que padecimos fueron causa del norte. El norte se limpiaba su conciencia dándonos limosna hasta que nuestros antepasados se hartaron y reclamaron los recursos del norte.- Alan sonrió. Sabía que la versión del sur sería también bastante creíble.

- Pero ya no quedan recursos ni en el norte ni en el sur. No hay nada por lo que luchar...

La mujer le miró a los ojos. Era una mujer de piel oscura con unos ojos negros enormes.

- Es cierto. Ya  no queda nada.- La mujer miró a su compañero.- ¿Por qué luchamos, entonces?.

EL FINAL DE LA GUERRA (Primera parte)

24 de Junio, 2008, 10:31

Por @ 24 de Junio, 2008, 10:31 en Relatos sin adulterar - EL FIN DE LA GUERRA

Un leve resplandor iluminaba el calabozo. Las siluetas de las personas casi no se distinguían de las húmedas paredes. Toses, carraspeos e incluso llantos se escuchaban como ruidos de fondo. Había fracasado. El era su comandante. El había fracasado en una misión suicida y los había condenado a muerte.

Miró hacia atrás intentando recordar cuando era todavía un niño al que no le habían enseñado a guerrear. En clase le contaban cómo empezó la guerra. El sur había sufrido una y otra vez grandes catástrofes que los había dejado sin tierras, sin comida y sin agua. El norte ayudó en todo lo que pudo al sur, pero el sur siempre quería más y decidieron invadir al norte. La guerra se declaró entre ellos. Alan pensó que tal vez los del sur tuvieran otro punto de vista de cómo empezó todo.

De todos modos aquello pasó hace ya cinco generaciones. Ahora ya todos luchaban como parte de la vida. Ya no sabían qué otra cosa hacer. Ya se comportaban como robots, los unos sin saber otra cosa que dar órdenes y los otros que obedecer las órdenes. Hacía mucho tiempo que ya nadie se había parado a pensar por qué todavía seguían luchando. Las reservas de alimentos y agua que codiciaban los del sur hacía tiempo que se agotaron. Tanto el norte como el sur eran grandes campos de batalla desiertos y sin vida. ¿Cuándo parará todo aquello?. Tal vez cuando todos los hombres y mujeres hayan muerto. Se alegró de no haber procreado nunca. Ninguna de sus parejas quedó embarazada. Era un alivio saber que no dejaba atrás a un vástago de su sangre que corriera la misma suerte que él.

Miró a sus compañeros y compañeras. Todos cabizbajos y pensativos. Algunos se abrazaban a su pareja. Otros miraban al infinito. Todos eran unos críos. La edad del servicio había ido disminuyendo con el tiempo. Un niño era apto para la academia militar con siete años y generalmente a los trece o catorce ya estaban incluidos en algún batallón.  En comparación con sus soldados él a sus diecinueve años era un viejo carcamal, aunque no era el más viejo del pelotón. La teniente Collins tenía veintidos y ya había disfrutado de dos permisos por maternidad.

Bajó la cabeza hacia el suelo cuando se dio cuenta de que Collins había muerto en la última hondonada. Ahora sí era el más viejo del batallón.

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