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- ¿Por qué luchamos?.- Dijo en voz alta hacia la oscuridad del calabozo. Las toses y los sollozos se detuvieron y un montón de ojos le miraron interrogantes. - ¿Por qué nos han preparado desde pequeños para odiar y matar a esos que están ahí fuera?.- Dos carceleros se habían asomado por el ventanuco de la puerta al oir hablar a Alan.
- Porque estamos en guerra. - Contestó Johnson. Alan le miró. Era su sargento desde hacía dos años. El sargento que más ha durado a su lado. Al comandante Willson siempre le encomendaban las misiones más peligrosas, como aquélla que no pudo llevar a cabo, porque era endemoniadamente bueno. Los reemplazos eran constantes. En su batallón causaban bajas, muchas bajas, en todas las incursiones. Sin embargo, Johnson había conseguido aguantar dos años, al igual que unos cinco o seis soldados que seguía con él desde el principio.
- ¿Por qué estamos en guerra?.- Hubo un silencio que planeó por la sala durante unos cuantos segundos. Algunos carraspeos interrumpieron el silencio, pero todavía nadie se pronunció.- ¿Por qué estamos en guerra?.- Dijo esta vez gritando.
- Porque ellos quisieron quitarnos nuestra agua y nuestra comida.- Dijo una niña morena. Alan se levantó y se dirigió hacia la puerta.
- ¿Por qué empezó la guerra?.- Les preguntó a los carceleros.- ¿Cuál es vuestra versión?. ¿Por qué luchamos los unos contra los otros?.- El hombre y la mujer que le miraban desde la puerta lo miraron sorprendidos. ¿Qué clase de pregunta es esa?.
- ¡Y qué importa!. ¡Lo que importa es que tenemos que ganar!.- Le grító el hombre.
- El norte estuvo durante mucho tiempo expoliando los recursos del sur.- Comenzó a hablar la muchacha.- El norte vivía bien acosta del sufrimiento del sur. Además, las plagas que padecimos fueron causa del norte. El norte se limpiaba su conciencia dándonos limosna hasta que nuestros antepasados se hartaron y reclamaron los recursos del norte.- Alan sonrió. Sabía que la versión del sur sería también bastante creíble.
- Pero ya no quedan recursos ni en el norte ni en el sur. No hay nada por lo que luchar...
La mujer le miró a los ojos. Era una mujer de piel oscura con unos ojos negros enormes.
- Es cierto. Ya no queda nada.- La mujer miró a su compañero.- ¿Por qué luchamos, entonces?.
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