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Relatos sin adulterar - EL RECIPIENTE

EL RECIPIENTE (Sexta parte)

23 de Junio, 2008, 18:13

Por @ 23 de Junio, 2008, 18:13 en Relatos sin adulterar - EL RECIPIENTE

El sacerdote no hizo ningún movimiento cuando la cinta de video terminó. El policía le miró también en silencio durante unos segundos. Al cabo de un rato carraspeó.

- Bueno, Padre. Ya lo ha visto. ¿Le ha aclarado algo?. ¿Sabe que puede haber pasado?.- El curo miró a su interlocutor con seriedad y movió la cabeza negativamente.

- Y dice que el médico murió de un infarto...

- Así es. La chica aprovechó la oportunidad. El médico debió asustarse de ella o algo así, le dio un cacharrazo al corazón y ella aprovechó la oportunidad para salir de la sala.

- ¿Y cómo salió del Hospital?.- El policía se encogió de hombros.

- Aún lo estamos investigando.- El sacerdote le agradeció al policía su colaboración y le prometió que si averiguaba algo sobre el paradero de la mujer se lo haría saber.

Salió de la comisaría y caminó sin rumbo aparente durante un rato. Deseaba ordenar sus ideas. La chica había matado al médico intencionadamente. De eso no le quedaba dudas. Ella misma había afirmado que ya sabía cómo funcionaba su "maleficio" y lo había utilizado claramente contra el psiquiatra. No podía creer que aquella muchacha hubiera sido capaz de hacer lo que había hecho. Tal vez Su Santidad tenía razón y ella albergaba el mal...

Pero había hablado de sus hijas, en plural. Eso le descolocó por completo. Tal vez todo sea un cúmulo de coincidencias y aquella joven fuera una mujer normal y corriente, que todo aquello no fuera más que un mal sueño.

Decidió hablar con su superior en España. Le contó lo que había sucedido y su superior, evidentemente creyó lo mismo que el Papa. Aquella mujer albergaba provablemente al mismísimo Anticristo.

- Excelencia. No creo que sea así. Existe un padre biológico.- El Obispo levantó una ceja.

- ¿En serio?.

- Además, dice que son hijas. En ninguna parte de la Biblia se habla de dos Anticristos, ni tampoco de dos Cristos. Y mucho menos que sean mujeres.

- Tiene razón. Tal vez sea una falsa alarma. Informaré a su Santidad y decidiremos si cerramos el caso.

El Padre Estebanez respiró aliviado cuando supo que se había cerrado el caso. No estaba seguro de nada a esas alturas, pero lo que tenía claro era que no iba a permitir que a esa mujer le ocurriera nada.

Y mucho menos a sus propias hijas.

FIN.

EL RECIPIENTE (Quinta parte)

23 de Junio, 2008, 12:48

Por @ 23 de Junio, 2008, 12:48 en Relatos sin adulterar - EL RECIPIENTE

- ¿Cómo se encuentra hoy, señorita Sánchez?.

- ¿Con respecto a qué?.

- No empiece de nuevo, sta. Sánchez.- El médico psiquiatra ni siquiera levantó la vista de su cuaderno de notas. Ella no contestó. No tenía intención de comunicarse con él. No tenía por qué. - ¿Y bien?.- Esta vez levantó la vista lo justo para echarle una mirada reprobatoria.

- Estupendamente.- Contestó.

- Como ve, desde que está aquí no ha pasado nada. No han muerto otros pacientes, no ha muerto ninguna enfermera y, evidentemente tampoco he muerto yo. Y ya nos conocemos desde hace seis meses.

- No funciona así.- Murmuró ella. Y bajó la vista para mirarse los dedos.

- Así que aún cree que le persigue una maldición, eh?.- Ella sonrió y le dirigió la mirada.

- No es una maldición. Ahora sé lo que es y no me asusta.

- ¿Y qué es?.- La joven hizo caso omiso a aquella pregunta.

- Deseo que me quite la medicación.

- Tal vez pudiéramos rebajar la dosis, puesto que parece que ha habido un cambio positivo en su actitud.

- No se lo estoy pidiendo. Se lo estoy exigiendo.- La sonrisa había dejado paso a un rostro frío que apuñalaba al médico con sus ojos verdes.

- Sta. Sánchez. Usted no está en disposición de exigir nada. Es una enajenada mental, al menos hasta que yo diga lo contrario. ¿Entiende?. No puede tomar ninguna decisión por sí sola y mucho menos con respecto a su medicación.

- No puedo permitir que nada les haga daño. Debo cuidarlas. Debo velar por ellas. No permitiré que nada ni nadie les haga daño.

- ¿De quién está hablando, sta. Sánchez?.- Preguntó muy intrigado el psiquiatra.

- De mis hijas.- Sin previo aviso, la mujer se levantó y agarró del brazo al médico. Este comenzó a gritar. Ella le soltó y él se llevó la mano al brazo izquierdo. Un par de enfermeros entraron corriendo a socorrerlo. Ella esperó en un rincón. Cuando empezaron a hacerle el masaje cardíaco y ninguno le prestaba atención, salió de la sala.

EL RECIPIENTE (Cuarta parte)

20 de Junio, 2008, 12:24

Por @ 20 de Junio, 2008, 12:24 en Relatos sin adulterar - EL RECIPIENTE

Besó el anillo papal mientras revereneciaba a su superior. La sala estaba lujosamente amueblada. De la paredes ricas en ornamentos barrocos, colgaban enormes  tapices. El sacerdote miró a su alrededor con desgana, pues ya había visto aquella lujosa sala en numerosas ocasiones y siempre le fastidiaba tener que reconocer que la Iglesia poseía demasianos bienes terrenales.

- ¿Y bien, padre Estebanez?. - Preguntó el papa mientras le invitaba a acompañarle.

- La investigación no ha sido concluyente.- Sentenció el cura. El papa detuvo su paseo y le miró pensativo.

- Pero tendrá alguna teoría... ¿Cree que puede ser el recipiente?.- El padre Estebanez dio vueltas a las conversaciones que había tenido con los psiquiatras, con las personas que sabían de ella, con médicos de varias clases, con videntes y con ella misma. Revisó mentalmente toda la documentación relacionada con el tema y...las señales eran confusas, pero era evidente que  aquella mujer tenía una función, aunque no estaba muy seguro que su función fuera la de ser el recipiente.

- Creo que podría ser...un recipiente. Aunque tengo mis serias dudas de qué es lo que albergará.- El papa comenzó a caminar de nuevo.

- No le entiendo, padre. Todos los que tienen relación afectuosa con esa mujer, acaban muertos. Eso es cosa del Maligno. Evidentemente, albergará el Mal.- El sacerdote negó con la cabeza.

- Su Santidad. No es concluyente. Podría albergar el Bien. Recuerde que muchos santos hicieron aberraciones antes de ser tocados por Dios nuestro Señor. Igualmente, incluso Jesucristo cuando era niño, llegó a matar a un compañero de juegos. Visto desde fuera y sin perspectiva, esto podría haber sido interpretado como señal de que Jesucristo era en realidad un falso profeta o el propio Anticristo. El hecho de que todos mueran a su alrededor podría significar cualquier cosa, Su Santidad.- Terminó con voz de abnegación y obediencia. Al fin y al cabo, aquel hombre tenía la última palabra. El decidiría si la chica era o no el Recipiente y si debía morir. El Papa se acarició la barbilla pensativamente.

- Tienes razón, no se puede juzgar a la ligera...¿Cómo es ella?. ¿Parece buena persona?. ¿Se la ve malvada?. ¿Ha tenido coqueteos con el Mal?.

- Es una mujer normal. Completamente normal, aunque muy fuerte de carácter. Está claro que debe ser fuerte de carácter. No es débil, y no tiene en su expediente nada sospechoso.

- Entiendo.- El representante de Dios en la tierra se detuvo de nuevo, y tras unos instantes de silencio dio unas palmaditas en el hombro a su súbdito.- Muy bien, muy bien. Siga investigando y envíeme toda la información relevante lo antes posible. Recuerde que tenemos poco tiempo.

- Si, Su Santidad.- El joven sacerdote salió por la enorme puerta de caoba, bajó por las blanquecinas escaleras del Vaticano y se dirigió hacia la plaza para coger un taxi rumbo al Aeropuerto.

EL RECIPIENTE (Tercera parte)

19 de Junio, 2008, 17:36

Por @ 19 de Junio, 2008, 17:36 en Relatos sin adulterar - EL RECIPIENTE

- Así que ha estudiado mi caso... ¿Y qué opina usted?

- ¿Perdón?.

- ¡Sí, hombre, sí!. ¿Cuál es su teoría?. Tal vez que todo ha sido cuestión de muy mala suerte, o que estoy gafada, o tal vez endemoniada. Incluso es posible que sea una elegida de Dios...¿Cual es su teoría?. No se corte, a todo el mundo le gusta opinar...

El sacerdote no supo qué decir. Su caso era muy extraño. Por eso estaba él allí, aunque dudaba de que ella tuviera la más remota idea de cuál era el verdadero motivo por el que se había fijado en su caso.

- Pues... No tengo ninguna.- Y enmudeció. La mujer miró al infinito y respiró profundamente.

- Desde el momento en que nací la de la guadaña me persigue. A las dos semanas de nacer yo, mi abuela paterma murió. Desde entonces, no ha hecho sino morir gente a mi alrededor. - Calló unos segundos. El sacerdote se removió en el banco. Sabía que algo iba a decir, algo transcendente, tal vez lo que él quería oir.- Tal vez se pregunte qué hago aquí. Yo también me lo pregunto. No he sufrido depresiones nunca. No he intentado nunca suicidarme. Ni siquiera ahora que no me queda nadie. Supongo que algún licenciado en psicología decidió que si fuera él estaría como una regadera. O tal vez que soy una sociópata por parecer impertérrita mientras entierro a mis seres queridos, pero la verdad es que he llorado, y mucho. Llevo 27 años llorando. Ya no me queda llanto. Ya no siento nada.- La joven bajó los ojos hacia el móvil. Estoy mirando la agenda. Intento recordar en qué orden y de qué murieron. A veces me cuesta, sabe?, ya no recuerdo si mi primo Walter murió antes o despúes de mi suegra. Y tampoco recuerdo muy bien si el niño que se ahogó fue mi sobrino Carlos o mi sobrino Jonás. En fin, aquí estoy trasteando con el móvil. Tal vez debería tirarlo. Total, ya no me sirve de nada, no cree, Padre?.

El fin de aquel monólogo constante y monótono, donde la joven no había añadido ni un atisbo de emoción ni de entonación, lo cogió desprevenido. Carraspeó como si estuviera preparando una frase sentenciosa mientras pensaba en una respuesta.

- Yo nunca he tenido móvil.- La joven le miró con sus tristes ojos verdes y de repente rompió en carcajadas tan escandalosas que un par de enfermos se pusieron muy nerviosos y una monja solícita fue a calmar los ánimos.

- Pues tenga el mío. Todo suyo.- El sacerdote cogió el móvil y la mujer se marchó de su lado para no volver siquiera un segundo su rostro, hermoso rostro por cierto, hacia él.

EL RECIPIENTE (Segunda parte)

18 de Junio, 2008, 12:36

Por @ 18 de Junio, 2008, 12:36 en Relatos sin adulterar - EL RECIPIENTE

Nunca le gustó ir de visita a esos lugares. Si existía algo más deprimente en el mundo que un hospital, era una residencia psiquiátrica. Aquel lugar regentado por unas monjas, tenía muy buena pinta. Había varios edificios donde se ingresaba a los enfermos mentales según sus niveles y tipos de enfermedad. Cada edificio estaba conectado con los demás con una serie de senderos y zonas ajardinadas, algunas de ellas muy bucólicas. En el centro del complejo, por donde pasaban todos los senderos, había una pequeña iglesia. La entrada del complejo era una gran puerta de hierro forjado que daba la sensación de entrar a la residencia de verano de un duque o algo por el estilo.

Pero si se miraba con un poco más de atención, por todas partes veías gente vagando sin sentido, hablando sólos, señores mayores babeando en sus sillas de ruedas... No soportaba aquellos sitios. El nunca había temido nada, ni siquiera la muerte. Siendo un siervo de Dios tenía mucha fe en la vida después de la muerte y en que ésta tan sólo era una transición a la verdadera vida. Sin embargo, le tenía auténtico pánico a perder la cabeza. Había visto de lo que era capaz una persona enajenada, provocando el mal a sus prójimos sin tener noción de lo que estaba haciendo. Y también odiaba poder llegar a la situación de aquellos ancianos o accidentados que su cerebro ya no les acompañaba en sus actos.

Vio a la chica sentada en un banco de la zona ajardinada del edificio 4C. Vestía con ropa de calle, unos vaqueros y una camiseta. Era verano y las abejas zumbaban por todas partes. Se acercó a ella, pero ella no le miró. Siguió absorta trasteando con su Nokia. El sacerdote se aclaró la voz y ella levantó los ojos. Sus ojos verdes le miraron con mucha normalidad. Eso le descolocó un poco. Esperaba ver cierta locura en los ojos de la mujer, pero nada de nada.

- Piérdase, padre.- Fue lo único que dijo antes de volver a lo suyo con el móvil. El sacerdote suspiró y se sentó junto a ella.

- Ya me gustaría perderme. Pero no puedo.

- Acaso es un pacidente?.- Dijo entre sonrisas. Eso era buena señal. Había conseguido de ella una segunda frase. Había una conversación en marcha. No había sido tan difícil después de todo.

- Espero que no, pero nunca se sabe...- Ella se detuvo en su faena y le miró. Un atisbo de sonrisa apareció, pero enseguida lo rectificó y sus ojos verdes se llenaron de preocupación.

- ¿Sabe usted que corre un gran riesgo hablando conmigo?. - Le dijo mirándole fijamente con mucha tristeza. El cura asintió lentamente.

- Lo sé. Correré el riesgo. Si algo llegara a pasarme el único culpable sería yo.

EL RECIPIENTE (Primera parte)

16 de Junio, 2008, 16:12

Por @ 16 de Junio, 2008, 16:12 en Relatos sin adulterar - EL RECIPIENTE

Su primer recuerdo de infancia era terriblemente parecido. Cogía de la mano a su madre mientras miraba un ataud frente a ella. Al otro lado del ataud, había un montón de gente, la mayoría desconocidos. Sin soltar en ningún momento la mano de su madre que lloraba desconsoladamente miró hacia la izquierda, donde vio cabizbajos a sus primos y hermanos. Volvió entonces su cara hacia la derecha, donde su madre seguía sollozando, consolada por su abuela y sus tíos. Miró entonces de nuevo al ataud.

- Papá?.- Susurró. El sacerdote seguía hablando y hablando y todo era negro. El ataud era negro. Los vestidos negros, la sotana negra, los paraguas negros, El cielo....negro. Lo único que tenía color en aquel recuerdo era la flor roja que ella apretujaba en su mano izquierda.

Años después el dejá-vous la abofeteó implacablemente, haciéndola salir del sopor en el que se había inmerso. Miró hacia el frente mientras escuchaba sordamente las palabras del sacerdote. Miró aquellas caras, casi todas ellas caras desconocidas. Miró a su izquierda. No había nadie. Miró a su derecha. Tampoco había nadie. Miró el ataud cerrado a punto de ser engullido por la tierra, como tantas y tantas veces había visto ya antes. Ya casi ni recordaba quién era el difunto. Le parecía haber estado en esa escena durante toda su vida. 

Bajó los ojos hacia sus manos. Un clavel rojo medio despedazado yacía entre ellas. Miró los pétalos sueltos sobre su piel, cual gotas de sangre agoreras. Su corazón se detuvo un segundo. El tiempo paró un segundo. Su vida se detuvo un segundo, mientras su mente se impregnaba de la certeza. Nadie más.

"Nadie más por engullir, tierra impía. Nadie más excepto yo para llevarte."

La joven dejó caer el clavel al suelo, se dio media vuelta y se alejó lentamente. El sacerdote cayó su sermón para mirarla sorprendido y un murmullo de desaprobación recorrió a los presentes. Ella siguió su paso firme, sin tambalear, sin temblar. Nadie sobre la tierra había ya que le diera algún sentido. Estaba sola. Y sóla quedaría.

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