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Soy Germana. Tengo alrededor de 16 años. No estoy del todo segura. Vivo en Heculano, junto al mar. Antes vivía muy lejos de aquí, al norte, pero mi tribu entró en guerra contra Roma y perdieron. Nos cogieron como esclavos a las mujeres y a los niños. Yo por entonces era una niña, aunque lo recuerdo perfectamente. Intento no olvidar mi lengua materna y las costumbres de mis padres, pero es difícil.
No tengo ni idea de si alguien de mi familia sigue viva. Mi padre y mi hermano mayor fueron a luchar y a mi madre la separaron de mí. El grupo de esclavos fue separado en dos antes de llegar a las montañas. Mi grupo traspasó las montañas y el otro grupo continuó hacia el oeste. Espero que mi madre esté bien. Estaba embarazada cuando nos separamos.
Llegamos a una gran plaza y comenzó la subasta. Me compró una mujer gorda y me llevó a su casa. La mujer se portó mas o menos bien. Me dio de comer y beber y mando a otra esclava que me diera un baño. Poco a poco fui aprendiendo algunas palabras. La casa era un burdel, pero la mujer gorda me puso a ayudar a la cocinera. Aprendí a cocinar.
Las mujeres que trabajaban allí eran todas esclavas. Había esclavas de todo el mundo. La más exótica venía de más allá de Etiopía. Su piel era negra como el tizón, pero era muy simpática. Se reía mucho. Cuando me vino la regla, la mujer negra me enseñó lo que se esperaba de mí. Dejé la cocina y empecé a trabajar en el burdel.
La primera vez fue horrible. Un hombre gordo y asqueroso había pagado mucho para desvirgar a una niña y no fue nada agradable. Luego tuve suerte y me tocaron algunos hombre más jóvenes que se portaban bien conmigo. Al menos tenía un techo que me cobijaba y comida en el plato dos veces al día.
Se oyó algo muy fuerte. No sabría definirlo, pero era mas fuerte que un trueno. Era la hora de comer. Salimos algunos a la calle y vimos en el cielo unas nubes oscuras que se acercaban hacia la ciudad. Las nubes parecían provenir del monte Vesubio. La dueña nos dijo que entráramos en casa. Mandó a uno de los criados a informarse.
Yo volvía a salir a la calle y observé aquella nube negra que se acercaba inexorablemente hacia nosotros. Dentro, todos se afanaban para preparar el equipaje. La dueña había decidido que nos íbamos al puerto a coger un barco. Pero no hubo tiempo. Grité a la dueña que la nube estaba a punto de alcanzar la ciudad. Ella se asomó junto con otras esclavas. Cada vez hacía más calor.
Calle arriba comenzó a venir una riada de gente que corría y gritaba hacia nosotros. El calor cada vez era más insoportable. Alguien me empujó y caí al suelo. Cuando pude intentar incorporarme sólo pude sentir un terrible calor. Y después, nada.
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