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1 de Julio, 2008

LA LEYENDA DE ROSELINDE (Cuarta parte)

1 de Julio, 2008, 12:23

Reimunde acertó a la primera. El ciervo de enormes astas cayó fulminado en el suelo con la flecha de Reimunde clavada en el costado. Los vítores de sus amigos y criados ahogaron los últimos lamentos del pobre animal.

La caza era su vida. El joven marqués no tenía otra habilidad que no fuera la caza, salvo otra que tarde o temprano conseguiría sacarle partido en la corte; la ambición. Reimunde no tenía mas que unas miserables tierras heredadas de su tío abuelo al este del reino, que no poseían gran riqueza. Su nombre era prácticamente todo lo que había heredado de su padre, el cual había malgastado los bienes de la familia en mujeres y en el juego. Pero tarde o temprano conseguiría lo que tanto codiciaba.

Las mejores tierras del reino estaban en el condado de Roselinde, tierras que el rey había cedido a su muy allegado amigo Laslo, que le había acompañado en las Cruzadas y había demostrado su valía en el combate y su fidelidad a su rey y amigo. Aquellas tierra tenían que ser para él. Llevaba mucho tiempo tramando un modo de conseguir quedarse con las tierras, aunque no iba a ser fácil. 

Tenía intención de iniciar sus planes dentro de un año, pero los rumores de que el rey pretendía casar al príncipe Damián con la hija del conde le obligó a acelerar sus planes. No podía permitir que se produjera esa unión, puesto que las tierras de Roselinde serían mucho más difíciles de conseguir.

El conde de Roselinde tenía, además, dos hijos. La mayor, Ana Maríe y el menos Cédric, que sería el heredero del condado de Roselinde. Su plan debía terminar con los tres, y el modo más sencillo de quitarle las tierras a su dueño y de evitar que sus hijos la heredasen era la traición.

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