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Julio del 2008

BOURBON STREET (Primera parte)

31 de Julio, 2008, 17:57

Por @ 31 de Julio, 2008, 17:57 en Relatos sin adulterar - BOURBON STREET

- Me recuerdas mucho a un gato que tuve hace tiempo.- Dijo la mujer mientras se sentaba en el sofá.- Era un gato terrible. No le gustaba que le acariciara. No dejaba de escaparse de casa. Se pasaba las noches vagabundeando por el barrio. La llamada de la naturaleza lo alejaba todas las noches de mí. Tenía su vida secreta a la cual nunca pertenecí. Era salvaje e instintivo. Sin embargo, cuando necesitaba un techo donde guarecerse, un poco de calor, el gato volvía a casa e incluso se dejaba acariciar. - Ella le miró y le ofreció sentarse a su lado con un ademán.- Cuando necesitaba estar en contacto con la vida hogareña, con la vida placentera, cuando se cansaba de cazar y de luchar, volvía irremediablemente a mis brazos.

- Seguro que ese gato volvía a tí porque te quería.

- El gato podría amarme. Es posible. Pero yo no soy un gato. - El vampiro acercó su rostro al de la mujer. Ella no parpadeó, no retrocedió. Le miró los profundos ojos negros.- Y nunca podré serlo. Ahora mismo yo soy mas bien...un ratón.- El vampiro retrocedió sonriendo.

- ¿Todavía piensas que voy a matarte?.

- No. Sólo digo que las personas no aman a las vacas. Pueden tenerles cariño, incluso tenerlas como mascotas, pero eso es todo. Son comida. Básicamente son...comida.- El vampiro se sintió algo molesto. Se levantó y se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo.

- No es lo mismo. Yo fui un hombre antes... Y puedo sentir igual que antes.

- Ojalá fuera verdad. - Ella se levantó y se acercó a él.- Ojalá pudiera evitar tener tanto miedo. Pero siempre que vienes a mi ventana me traes la oscuridad y la duda. - Silenció un momento y le cogió de las manos mirándole fijamente con aquellos ojos verdosos.- Te deseo. Pero no sé si lo que deseo de tí es al hombre o al vampiro. Si lo que deseo es tu amor o mi muerte. Me siento fascinada como el cervatillo que alumbran los faros de un coche. Estoy aquí, inmóvil frente a tí sin saber qué hacer. Sin tener ninguna voluntad. Si el cervatillo no se aparta, ¿acaso es que deseaba que le atropellara el coche?.

ODIO

31 de Julio, 2008, 9:41

Por @ 31 de Julio, 2008, 9:41 en + CANCIONES

Odio la ensalada de verano y las luces amarillas que alumbran el extrarradio
No soporto las tulipas de las lámparas que anidan en las mesitas de noche cada cuarto
Odio las neveras donde nunca hay nada aparte agua del grifo en botellas de cocacola
No soporto a la gentuza que tiene perro en invierno y en verano va a la calle porque sobra
Odio a los violentos que golpean encubiertos por la ley a sus familias en sus casas
No soporto los mosquitos ni las ratas y el olor a sucio del que no se lava
Odio al que se juega sin escrúpulo ninguno su sueldo en una máquina del bar
No soporto a los que acuden los domingos a la iglesia y luego el lunes son peor que Satanás

No me gustan las cadenas ni los lazos no me gustan las fronteras ni visados
No me gustan los anzuelos ni las balas ni la ley sin la justicia en el que manda
Qué le voy a hacer si con razón o sin razón
Aunque tú me des la vuelta tengo el mismo corazón
Qué le voy a hacer si con razón o sin razón
Y aunque tú me des la vuelta tengo el mismo corazón

No soporto a los que dicen la letra con sangre entra con la sangre yo no pienso negociar
Odio a los torturadores pistoleros y asesinos les deseo cien años de soledad
No soporto a los que hablan siempre a gritos por el móvil nada más aterrizar el avión
Odio a los gallitos de gimnasio porque siempre desprecian mi sudor

No me gusta que me obliguen sin brindarme explicaciones de porqué si o porqué no
No me gusta ni que humillen a los toros ni la caza con hurón
Qué le voy a hacer si con razón o sin razón
Aunque tú me des la vuelta tengo el mismo corazón
Qué le voy a hacer si con razón o sin razón
Y aunque tú me des la vuelta tengo el mismo corazón

No soporto a los ases del volante que a volar a dos cuarenta le llaman su factor riesgo
Me parecen reprimidos y egoístas porque exponen mi pellejo y tu pellejo
No soporto a los perros de la guerra porque se corren disparando su cañón
Odio a los discjockeys asesinos porque siempre me joden la canción

No me gustan las cadenas ni los lazos no me gustan las fronteras ni visados
No me gustan los anzuelos ni las balas ni la ley sin la justicia en el que manda
Qué le voy a hacer si con razón o sin razón
Aunque tú me des la vuelta tengo el mismo corazón
Qué le voy a hacer si con razón o sin razón
Y aunque tú me des la vuelta tengo el mismo corazón

REVOLVER.

FRASES LAPIDARIAS XXIII

31 de Julio, 2008, 7:49

Por @ 31 de Julio, 2008, 7:49 en + VIVENCIAS

Una duda me asaltó esta mañana y pregunté en alto: "¿Cómo es posible que haya habido muchos más creyentes que han cometido crímenes contra la humanidad que no creyentes?".

A lo que mi marido me contestó: "Será que a nosotros Dios no nos manda hacer cosas...".

La leyenda de Roselinde (Octava parte)

30 de Julio, 2008, 10:59

Triste y vacía miraba al infinito mientras esperaba sentada. Su hermano menor iba y venía murmurando que todo aquello era injusto y que alguien iba a pagar por ello. Ella, sin embargo, ya había aceptado que su destino iba a cambiar por completo a partir de aquel día.

Entraron dos soldados con su padre maniatado. Había solicitado entre sollozos al propio rey que le permitiera a ella y a su hermano despedirse de su padre. El rey aceptó. Miró a aquel hombre que había envejecido veinte años de golpe. Ana Marie sintió una angustia en su corazón. Su padre los abrazó uno a uno y se desplomó sobre el asiento. Tenía el cuerpo magullado y había recibido algunos cortes por todo el cuerpo. Estaba claro que le habían torturado para que confesara.

Después de que su padre consiguera calmar a su hermano, el anciano habló pausadamente mirandoles con un rostro muy tranquilo.

- Hijos míos. Hay muchas pruebas y testigos que me culpan de traición. Nada se puede hacer. He gritado a los cuatro vientos que soy inocente, pero es imposible que me crean. Así que, hijos míos, he confesado mi culpabilidad a cambio de que a vosotros se os permita mantener vuestro rango, aunque no tendreis ya derechos sobre Roselinde.

Su hermano volvió a vociverar y la niña miró a su padre con una leve sonrisa en la cara.

- Padre. Sé que lo has hecho por nosotros, pero tu nombre quedará manchado para siempre.

- Eso no me importa. Siempre y cuando vosotros esteis a salvo.- Cogió la mano de su hija y guardó silencio un momento. Su hijo menor se arrodilló junto a su padre. - Hijos míos. Vosotros podeis vengarme. El rey me ha echado a los lobos. Le dí mi vida y mi espada. Le serví fielmente y él me ha pagado con la horca. Exijo venganza. Sé que vosotros no me fallareis.

La Lobera (Cuarta parte)

29 de Julio, 2008, 17:20

Por @ 29 de Julio, 2008, 17:20 en Relatos sin adulterar - LA LOBERA

Ella sentía una necesidad irrefrenable de volver donde sus padres habían muerto.

Así conoció a los lobos. También ellos se habían quedado huérfanos. Ella se adentraba en el bosque todos los días para llevarles comida. Cantaba y jugaba con ellos durante horas y luego, volvía a hurtadillas hasta la casa de su tía Bernarda.

Los años fueron pasando lánguidos y tediosos. No se había registrado ningún otro ataque de lobos, aunque los aullidos volvían a escucharse fuertes y estridentes en la profundidad del bosque. La niña se hizo mujer. Los cachorros crecieron y tuvieron más cachorros y estos a su vez más cachorros. La manada había crecido considerablemente. Y todos jugaban con ella. Todos la seguían y respetaban como si fuera su líder.

Una noche de Agosto muy calurosa empezó la pesadilla. Un aldeano había aparecido con la garganta y las extremidades desgarradas. La gente se atemorizó y volvió a culpar a los lobos. Una partida de caza se adentró en el bosque al día siguiente del suceso. Pero esta vez, todo fue distinto. No consiguieron cazar a ningún lobo. No estaban. Era como si la tierra se los hubiera tragado. Sin embargo, cuando la luz del sol ya casi se desvanecía por completo y todos se disponían a regresar, un alarido terrible retumbó por todo el bosque. Todos corrieron hacia la dirección del grito y encontraron así a la segunda víctima, descuartizada por los lobos.

El temor y la piedad se apoderó de las aldeas conlindantes, comenzando a sospechar que había mala magia en todo aquello. Que algún tipo de maldición se había apoderado de ese bosque y de esos lobos. Todos estaban atemorizados. Excepto una adolescente de largo cabello castaño que observaba a todo el mundo y que no hablaba. Una joven con un pasado oscuro que pronto comenzó a ser objeto de las habladurías paranoides de las chismosas del pueblo.

DEJÁ-VU

25 de Julio, 2008, 16:40

Por @ 25 de Julio, 2008, 16:40 en + DIVAGACIONES

Cada vez estoy más convencida de que el tiempo no existe. El tiempo es una espiral que nos envuelve y nos engulle, conbinando el pasado, el presente y el futuro.

Ya sé que suena a estrafalario, pero si uno se para un momento a pensar, se dará cuenta de que en realidad, el tiempo y el espacio sólo existen en nuestra dimensión. Más allá de nuestras fronteras sensitivas no existen esas dimensiones y provablemente existan otras muchas que desconocemos.

Para mí tener dejá-vus es tan habitual que casi he dejado ya de plantearme el por qué de ello. Si lo he soñado, si lo he vivido, si sólo lo he imaginado... Ahora ya sólo me sonrío y veo que todo encaja.

Sí, todo encaja. Si hace años soñé que estaba a miles de kilómetros de aquí, conduciendo un coche y teniendo una conversación trivial con un personaje famoso y luego resulta que me pasa, está claro que todo lo que ha habido entre medias, todo lo que he vivido antes, ahora y lo que viviré posteriormente, estaban ya interconectados para hacerme llegar a esos momentos. Cada momento es único e irrepetible. ¿O no?.

Podría estar divagando durante horas acerca de este tema. Aunque, lástima no tener un dejá-vu de que me toca la lotería, verdad?.

POSESION

25 de Julio, 2008, 15:42

Por @ 25 de Julio, 2008, 15:42 en + POEMAS PROPIOS

Ven a mí con la negrura de tu ser.

Yo la acepto.

Invade de oscuridad la luz de mi alma.

Yo la acepto.

Deséame con la maldad que hay en tus ojos.

Yo la acepto.

Inocula en mí el venendo de tu simiente.

Yo la acepto.

El fin de la guerra (Tercera parte)

25 de Julio, 2008, 10:13

Por @ 25 de Julio, 2008, 10:13 en Relatos sin adulterar - EL FIN DE LA GUERRA

Alan Wilson se dirigió hacia el muro con la cabeza bien alta. Sus manos estaban maniatadas, pero su corazón era ya libre. La noche anterior se había dado cuenta de que había sido un esclavo, un esclavo de seguir órdenes, un esclavo de una guerra que nadie recordaba ya cómo había empezado, esclavo de un odio aprendido hacia unas personas que desconocía por completo y que a su vez le odiaban sin motivo aparente. Ahora se sentía libre, en paz. Por primera vez en su vida.

Llegaron frente al paredón acompañado de dos soldados. Se dio la vuelta y miró a aquello muchachos y muchachas con sus fusiles. Alguien le preguntó si quería que le vendaran los ojos. El negó con la cabeza. Los soldados revisaron sus armas para prepararse para la ejecución. Otro soldado le preguntó si deseaba algún tipo de sacerdote, a lo que Alan comentó que ya no creía en ningún dios.

A lo lejos pudo ver las rejas desde donde se agolpaban algunos de sus soldados que trataban de asomarse para poder despedirse. La mujer que la noche anterior estuvo custodiando la celda le preguntó si tenía algún último deseo. Alan le sonrió.

- Me gustaría hablaros un momento.

- ¡Claro!.- Dijo ella. Y se apartó un poco para que todos pudieran verle.

- Deseo que no os sintais culpables por mi muerte. Esta guerra nos ha convertido a todos en bestias salvajes que únicamente saben matarse mutuamente. Nada tuve en contra de todos aquellos que maté de los vuestros y no creo que nada tuvierais en contra de mí o de mis compañeros caídos en combate. Aun así, seguimos matando y muriendo por simple rutina. Creo que es hora de que todo esto cambie, de que haya por fín paz entre todos nosotros. De que escuchemos y comprendamos nuestro pasado. De que nos ayudemos los unos a los otros en lugar de intentar exterminarnos.

Calló un segundo mientras miraba al cielo. Era azul y brillante. Era precioso. - Deseo que mi sangre sea la última derramada en esta guerra. Deseo que la guerra termine.

Uno a uno, los soldados fueron dejando caer su escopeta. Algo en su interior había despertado. Al mismo tiempo que su vida expiraba, su último deseo comenzó a cobrar vida.

FIN. 

La Lobera (Tercera parte)

24 de Julio, 2008, 17:45

Por @ 24 de Julio, 2008, 17:45 en Relatos sin adulterar - LA LOBERA

Varias aldeas cercanas al bosque se hicieron eco de las mutilaciones que había sufrido una pareja a manos de una jauría de lobos. Los ánimos se fueron caldeando hasta que alguien propuso que había que vengar a esa gente, aunque nadie supiera quiénes eran, y matar a los lobos.

La partida se puso en marcha al amanecer. Hubo muchos voluntarios, pero habría que constar que los cinco individuos eran los más animosos. Ellos fueron los primeros en disparar y en aniquilar a un gran número de ejemplares. Cuando la tarde dejó salir a la luna, la gente se retiró a sus aldeas y a sus casas, ya satisfechos de sangre y de venganza, dejando silencioso el bosque. Aquella noche y muchas noches después, no se oyó aullar a la luna.

La niña se quedó muy quieta durante toda la noche, muerta de miedo y de frío. Oyó a los lobos aullar cerca de ella. Un gran lobo gris se acercó hasta el cuerpo de su madre y lo olisqueó. Levantó entonces las orejas y la miró con sus brillantes ojos que la penetraron en la oscuridad. Sin embargo, el lobo no hizo nada. Bajó la cabeza y gimió. Luego, se alejó de allí. Durante el resto de la noche no volvió a ver a ningún lobo.

Cuando amaneció siguió a pie el sendero que sus padres estaban siguiendo. Llevaban un mulo de carga, pero había huído durante la escaramuza. Cuando llegó a la linde divisó la aldea donde vivía su tía Bernarda. Caminó hasta la casa color canela que recordaba en su memoria y llamó a la puerte. Su tía asomó la cabeza y la niña se desplomó al suelo desmayada.

Cuando la tía Bernarda supo lo que había ocurrido en realidad, tuvo la primera intenció de acudir al alguacil y ponerlo en su conocimiento. Afortunadamente, no lo hizo. Se dirigió decidida hacia la casa del alguacil, pero cuando vio al alguacil subiendo calle arriba con un arañazo en la mejilla un escalofrío la recorrió por todo el cuerpo. Dio media vuelta y se dirigió a la curandera para solicitarle asistencia para la niña. ¿Qué podía hacer?. La niña y ella misma podrían correr la misma suerte. Decidió callar e inventarse una historia sobre su sobrina. No la presentaría hasta una semana después y le diría a la gente que se había quedado huérfana y se la habían traído para criarla.

Lo que más lamentó fue no poder enterrar a su hermano y a su cuñada, ni poder llevarles flores ni llorarles en sus tumbas. Los muertos del bosque debían seguir siendo unos desconocidos.

La leyenda de Roselinde (Séptima parte)

24 de Julio, 2008, 17:28

Ana Marie, tendida en su conformable y mullida cama miraba absorta el techo decorado con dibujos geométricos de colores vivos. Su mente estaba muy lejos de allí. Estaba con él. No podía dejar de pensar en él, de olerle, de saborearle, de oirle, de mirarle...

Todos sus sentidos se habían empapado de él. Nada en el mundo existía aparte de él. Anoche, tras haberse visto a escondidas unas pocas veces, Ana Maríe no pudo resistirse a su suave voz, a su mano firme acariciándole el pecho mientras le susurraba que la adoraba, que moría por ella, que la vida era un castigo terrible cuando estaba lejos de ella. ¿Cómo resistirse ante tales beleidades?. ¿Cómo hubiera ella podido resistirse a su propia necesidad de sentir su calor sobre su cuerpo, de experimentar la unión entre dos seres hechos para amarse el uno al otro?.

Al contrario de sentirse impura o asustada por haber cometido semejante acto fuera del matrimonio, la joven sólo podía recrearse una y otra vez en aquellas sensaciones, deseando que llegara de nuevo la noche para correr hasta él, para volver a entregarse en cuerpo y alma al caballero errante que la había seducido.

Oyó voces y caballos fuera. Decidió levantarse y mirar por la ventana. Vio el estandarte del rey y varios caballeros bien pertrechados. Su padre había salido a recibirles. Tras intercambiar algunas palabras, dos de aquellos hombres bajaron de sus caballos y sujetaron a su padre violentamente. Ella gritó y en respuesta, algunos de los guardas de Roselinde acudieron al rescate de su señor. Sin embargo, para sorpresa de la niña, el hombre mejor vestido y sin casi armadura mostró un pergamino y los guardas asintieron y se retiraron.

La niña vociferó y clamó porque ayudaran a su viejo padre, pero le ataron y lo montaron en uno de los caballos. Todos partieron menos el hombre bien vestido que bajó de su caballo, miró hacia arriba, la saludó y entró en el castillo.

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